Crecimiento Personal

El día que el dinero, se convirtió en el objetivo todo cambió

Cuando el dinero se convirtió en el objetivo de la empresa, todo cambió para mi, perdí la motivación, la pasión, y supe que tenia que irme y buscar otra forma de llevar mi vida.

Por Manuel Maneiro
La pasión es mas importante que el dinero.

El día que el dinero se convirtió en el objetivo, supe que tenía que irme. Mi relación con el dinero empezó mucho antes. Desde muy pequeño, mi papá me empujó a leer sobre negocios, ahorro, inversión y crecimiento personal. Uno de los primeros libros que recuerdo fue El hombre más rico de Babilonia. De ahí me quedaron dos ideas que me han acompañado durante toda mi vida adulta: ahorrar una parte de lo que genero y poner otra parte a trabajar para producir más. Años después leí Los secretos de la mente millonaria, de T. Harv Eker, y Piense y hágase rico, de Napoleon Hill. De ambos me quedó una interpretación muy personal: la riqueza difícilmente se construye persiguiendo dinero como único objetivo. Siempre he estado buscando cómo mejorar mi relación con el dinero, cómo entenderlo mejor y, también, cómo compartir ese aprendizaje con otros. Con el tiempo empecé a creer en algo muy simple: hacer algo que te importe, aportar valor y dejar que el dinero sea una consecuencia de hacerlo bien. Años después esa idea empezó a incomodarme. Yo era Gerente General de una empresa que había ayudado a construir desde prácticamente cero. Durante mucho tiempo nuestro propósito había sido claro: ayudar a arrendatarios a encontrar un hogar y a inversionistas a administrar y proteger mejor su patrimonio. Pero algo cambió. Poco a poco dejamos de preguntarnos: “¿Cómo hacemos mejor el servicio?” y empezamos a preguntarnos principalmente: “¿Cómo aumentamos el revenue?” Ya no diseñábamos soluciones pensando primero en mejorar la experiencia del arrendatario o hacer más segura y eficiente la operación para el inversionista. El dinero dejó de ser la consecuencia. Se convirtió en el objetivo. Y yo también fui responsable. El Directorio había cambiado el rumbo y yo había permitido ocurriera. Llegó un punto en que levantarme para ir a la oficina ya no se sentía igual. Quedarme hasta tarde dejó de ser emocionante y empezó a sentirse como una carga. Entonces renuncié. Mucha gente me dijo que estaba loco. Después de tantos años construyendo aquello, irme parecía difícil de entender. Pero yo ya no quería dedicar mi vida a construir algo en lo que había dejado de creer. Hoy estoy trabajando en algo que sí me entusiasma: ayudar a emprendedores a vivir bien gracias a sus negocios, sin convertirse en esclavos de ellos. Lo que más disfruto no es “dar una asesoría”. Es ver a alguien salir de una sesión habiendo destrabado una decisión. Verlo cerrar ese cliente. Ordenar un proceso que le hacía perder tiempo y dinero. Recuperar tiempo. ¿Ha sido fácil? No. Tampoco esperaba que lo fuera. Requiere disciplina, constancia y mucho trabajo. Pero hoy tengo mucho más claro algo que hace años empecé a aprender gracias a mi papá y a esos primeros libros: quiero que el dinero sea la consecuencia de crear valor, no la razón por la que hago las cosas. Si algo de esto resuena contigo, no estás solo. Y si crees que puede resonarle a alguien más, compártelo para que le llegue cuando lo necesite.

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